viernes, 2 de septiembre de 2022

La maldición de las plumas

 

Las hojas del ginkgo y del bambú rodean la  laguna  y caen como  una cascada verde sobre el agua iluminada por los rayos dorados y las naranjas del atardecer. Sentado sobre una piedra Haruki observa una masa plateada que rodea a Akina. Parece una sirena custodiada por un cardumen, se mueve junto a ella, va a la orilla y Akina emerge  como una diosa. El viento del este la envuelve y la brisa revuelve la cabellera al mismo tiempo que a las hojas de los árboles. Cierra los ojos, suspira, sonríe. Abre los ojos, mira a Haruki y  pregunta.

— ¿Escuchas?

— No, nada

— Los trinos del zorzal, el ruiseñor y la alondra. Mensajes que los dioses me susurran a través de ellos

—¿Y el sonido del cormorán hace parte de tus sonidos preferidos? 

— No, no, ese me da miedo, me produce tristeza.

 

Haruki extiende la mano y ayuda a salir a la mujer que ama y conoce desde el vientre de su madre. Acaricia el brazo húmedo, toca el hombro y vuelve a acariciar el brazo, roza el pecho aún cubierto con gotas

La primavera llega y el bosque se viste de sakuras, hermosas flores que se desprenden de las ramas para cubrir a los amantes, señal de buen augurio. Los espíritus de los cerezos aparecen para celebrar la unión de los enamorados, sin importar la ira que la progenitora pueda sentir.

La furia de Oyuki trae los vientos del oeste, norte y sur. El oeste trajo al cormorán y lo dejó en una rama, el sur trajo la brisa oscura y el norte la sangre de los ancestros.  Oyuki maldice a sus hijos, el cormorán sacude las alas dejando caer una pluma sobre el cuerpo de Akina, la pluma atraviesa la piel y ella  cae postrada ante su madre. Haruki la sostiene y pide clemencia para su hermana.

— Jamás tendrán mi perdón, la sangre de sus ancestros caerá sobre el hijo que  engendraron. Cuando cumpla siete años, se unirá al viento, a las ola y se convertirá en cormorán condenado a vagar por los cielos sin poder volver a ser humano.”

El viento del este se presenta y alienta a los hermanos a seguir con su amor, trae consigo la brisa clara que los arropa y les da fuerza. Los vientos y las brisas soplan, los árboles caen, llueve y oscurece, el este toma su rumbo y desde lo alto se escucha decir: dentro de siete años Brisa Clara vendrá y se llevará a tu hijo.

Oyuki expulsa a sus hijos del hogar, sin esperanza de perdón.

Desamparados  zarpan en busca de refugio en otras islas. Los vientos del norte, oeste y sur los rechazan, empujándolos  de nuevo al oscuro mar embravecido. La travesía se convierte en una pesadilla, mientras deambulan sin rumbo fijo, con la angustia y la desesperación como únicos compañeros. Tras días de tormento y agonía, una isla desconocida aparece en el horizonte. Exhaustos naufragan en las playas de la nueva tierra.

Con un susurro helado el viento del norte le comunica a Oyuki la isla donde nacerá su nieto. La madre contempla desde lejos el destino implacable de sus hijos, condenados a ser prisioneros de una isla de horrores. La maldición de la madre se convierte en una profecía cumplida, sellando el destino trágico de una familia marcada por la traición.  Nace Hiroto un hermoso niño, al que los cormoranes cuidan todo el tiempo. El viento del este los ahuyenta y vuelven al anochecer.

Oyuki viaja a la isla sin que sus hijos sepan, ayudada por el viento del norte, se asegura que los cormoranes cuiden del niño y se cumpla la maldición. Al ver por primera vez la sonrisa de Hiroto, la abuela lo mira con ternura y se aleja con rapidez.
En cada viaje el amor la conmueve más y una brisa le acaricia el rostro, la abuela  aprende a querer al niño y el niño a su abuela, ella le hace prometer no contar que lo visita, será nuestro secreto, le dice.

Oyuki llora al retornar a casa, la soledad y el saber que no puede revertir la maldición la acongojan, desesperada por encontrar una solución busca ayuda en los vientos del bosque y en los seres ancestrales que conocen los secretos de la tierra. Pide  clemencia y compasión para romper la maldición que la atormenta, pero ellos no pueden hacer nada. Los vientos hablaron con voz imponente, revelando que la maldición era tan antigua como el tiempo mismo y no podía ser deshecha.

 Afligida recuerda que el viento del este los ayudará al cumplir el niño siete años, lo invoca, se arrodilla y pide perdón. El viento no llega, ella rendida cae y tiene un sueño. Brisa Clara está con el viento del este y le murmura: existe la posibilidad de salvar al niño con tu propia sangre.

— ¿Abuela por qué los cormoranes me persiguen todo el tiempo?

— Te maldije antes de nacer, cuando cumplas siete años serás uno de ellos y volarás a otras tierras lejos de tus padres.

—  Pero será dentro de pocos días cuando la luna llena se abra paso entre las montañas.

— Estaré contigo esa noche y te ayudaré a volar.

— Pero no podré volver a verte.

La abuela besa a Hiroto en la mejilla y siente una pluma, la Brisa Oscura mueve los árboles y deja ver la luna llena. Los cormoranes hacen un círculo alrededor del niño y la abuela.  Las plumas comienzan  a brotar de la piel de Hiroto una tras otra, el dolor es intenso. Aterrorizado, el niño grita mientras la abuela intenta arrancar las plumas que aparecen en la nuca y espalda.

Oyuki toma al niño en brazos y lo lleva a la playa.  Al llegar a la orilla, la abuela y el niño se enfrentan a la oscuridad de la noche y al destino inevitable. Hiroto se cubre de plumas, llora, siente como su piel se estremece, pide auxilio y se aferra a los brazos de Oyuki, llora también y pide perdón, arranca de nuevo las plumas una a una, mientras el niño grita de dolor. Angustiado observa con temor cómo su cuerpo comienza a transformarse lentamente en algo extraño y desconocido. El dolor recorre su cuerpo y el niño se retuerce en el suelo, chilla. La piel se cubre de plumas negras, su espalda se arquea mientras un par de alas emergen con fuerza y el rostro se alarga hasta formar un afilado pico. Trata de comunicarse con la abuela, pero solo logra emitir graznidos guturales y aterradores.

Brisa Clara toca las lágrimas y se forma una borrasca entre las dos brisas, el mar que rodea la isla ruge con furia y se convierte en un torbellino de espuma blanca. Los vientos aúllan, las aves lloran en el cielo y el agua brota en cascadas turbulentas.

Hiroto  envuelto en plumas enredadas, se aferra a la abuela y lucha por comprender su destino. La boca del niño ahora es un pico fuerte y curvo, los ojos brillan y miran a la abuela.  Brisa Clara le susurra a la abuela. Oyuki se arrodilla, se tiende en la tierra, mira al cielo, mira al nuevo cormorán que se lanza sobre la abuela y hunde el pico en los ojos de ella, tiene hambre, picotea una y otra vez, la sangre salpica el negro plumaje.

Los padres de Hiroto escuchan los gritos, con horror ven a su hijo convertido en un enorme cormorán. Ven a la madre tendida sobre la tierra, en silencio, quieta, dejando que el nieto acabe con su vida. El cormorán salpicado de la sangre de Oyuki emite un chillido que resuena en la oscuridad. La playa queda sumida en silencio, roto solo por el aleteo del cormorán solitario que se aleja en la noche, vuela lejos y con él la Brisa Clara.

El mar recobra su calma, los vientos y los cormoranes se alejan. En la quietud del atardecer la brisa marina mece los sueños de Akina y de Haruki y un cormorán solitario posa en una rama, mirando con ojos tristes el lugar.

 

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