Las hojas del ginkgo y del bambú rodean la laguna y caen como una cascada verde sobre el agua iluminada por los rayos dorados y las naranjas del atardecer. Sentado sobre una piedra Haruki observa una masa plateada que rodea a Akina. Parece una sirena custodiada por un cardumen, se mueve junto a ella, va a la orilla y Akina emerge como una diosa. El viento del este la envuelve y la brisa revuelve la cabellera al mismo tiempo que a las hojas de los árboles. Cierra los ojos, suspira, sonríe. Abre los ojos, mira a Haruki y pregunta.
—
¿Escuchas?
—
No, nada
—
Los trinos del zorzal, el ruiseñor y la alondra. Mensajes que los dioses me
susurran a través de ellos
—¿Y
el sonido del cormorán hace parte de tus sonidos preferidos?
—
No, no, ese me da miedo, me produce tristeza.
Haruki
extiende la mano y ayuda a salir a la mujer que ama y conoce desde el vientre
de su madre. Acaricia el brazo húmedo, toca el hombro y vuelve a acariciar el
brazo, roza el pecho aún cubierto con gotas
La
primavera llega y el bosque se viste de sakuras, hermosas flores que se
desprenden de las ramas para cubrir a los amantes, señal de buen augurio. Los
espíritus de los cerezos aparecen para celebrar la unión de los enamorados, sin
importar la ira que la progenitora pueda sentir.
La
furia de Oyuki trae los vientos del oeste, norte y sur. El oeste trajo al
cormorán y lo dejó en una rama, el sur trajo la brisa oscura y el norte la
sangre de los ancestros. Oyuki maldice a sus hijos, el cormorán sacude
las alas dejando caer una pluma sobre el cuerpo de Akina, la pluma atraviesa la
piel y ella cae postrada ante su madre. Haruki la sostiene y pide
clemencia para su hermana.
—
Jamás tendrán mi perdón, la sangre de sus ancestros caerá sobre el hijo
que engendraron. Cuando cumpla siete años, se unirá al viento, a las ola
y se convertirá en cormorán condenado a vagar por los cielos sin poder
volver a ser humano.”
El
viento del este se presenta y alienta a los hermanos a seguir con su amor, trae
consigo la brisa clara que los arropa y les da fuerza. Los vientos y las brisas
soplan, los árboles caen, llueve y oscurece, el este toma su rumbo y desde lo
alto se escucha decir: dentro de siete años Brisa Clara vendrá y se llevará
a tu hijo.
Oyuki
expulsa a sus hijos del hogar, sin esperanza de perdón.
Desamparados
zarpan en busca de refugio en otras islas. Los vientos del norte, oeste y sur
los rechazan, empujándolos de nuevo al oscuro mar embravecido. La
travesía se convierte en una pesadilla, mientras deambulan sin rumbo fijo, con
la angustia y la desesperación como únicos compañeros. Tras días de tormento y
agonía, una isla desconocida aparece en el horizonte. Exhaustos naufragan en
las playas de la nueva tierra.
Con
un susurro helado el viento del norte le comunica a Oyuki la isla donde nacerá
su nieto. La madre contempla desde lejos el destino implacable de sus hijos,
condenados a ser prisioneros de una isla de horrores. La maldición de la madre
se convierte en una profecía cumplida, sellando el destino trágico de una
familia marcada por la traición. Nace Hiroto un hermoso niño, al que los
cormoranes cuidan todo el tiempo. El viento del este los ahuyenta y vuelven al
anochecer.
Oyuki
viaja a la isla sin que sus hijos sepan, ayudada por el viento del norte, se
asegura que los cormoranes cuiden del niño y se cumpla la maldición. Al ver por
primera vez la sonrisa de Hiroto, la abuela lo mira con ternura y se aleja con
rapidez.
En cada viaje el amor la conmueve más y una brisa le acaricia el rostro, la
abuela aprende a querer al niño y el niño a su abuela, ella le hace
prometer no contar que lo visita, será nuestro secreto, le dice.
Oyuki
llora al retornar a casa, la soledad y el saber que no puede revertir la
maldición la acongojan, desesperada por encontrar una solución busca ayuda en
los vientos del bosque y en los seres ancestrales que conocen los secretos de
la tierra. Pide clemencia y compasión para romper la maldición que la
atormenta, pero ellos no pueden hacer nada. Los vientos hablaron con voz
imponente, revelando que la maldición era tan antigua como el tiempo mismo y no
podía ser deshecha.
Afligida
recuerda que el viento del este los ayudará al cumplir el niño siete años, lo
invoca, se arrodilla y pide perdón. El viento no llega, ella rendida cae y
tiene un sueño. Brisa Clara está con el viento del este y le murmura: existe la
posibilidad de salvar al niño con tu propia sangre.
—
¿Abuela por qué los cormoranes me persiguen todo el tiempo?
—
Te maldije antes de nacer, cuando cumplas siete años serás uno de ellos y
volarás a otras tierras lejos de tus padres.
—
Pero será dentro de pocos días cuando la luna llena se abra paso entre las
montañas.
—
Estaré contigo esa noche y te ayudaré a volar.
—
Pero no podré volver a verte.
La
abuela besa a Hiroto en la mejilla y siente una pluma, la Brisa Oscura mueve
los árboles y deja ver la luna llena. Los cormoranes hacen un círculo alrededor
del niño y la abuela. Las plumas comienzan a brotar de la piel de
Hiroto una tras otra, el dolor es intenso. Aterrorizado, el niño grita mientras
la abuela intenta arrancar las plumas que aparecen en la nuca y espalda.
Oyuki
toma al niño en brazos y lo lleva a la playa. Al llegar a la orilla, la
abuela y el niño se enfrentan a la oscuridad de la noche y al destino
inevitable. Hiroto se cubre de plumas, llora, siente como su piel se estremece,
pide auxilio y se aferra a los brazos de Oyuki, llora también y pide perdón,
arranca de nuevo las plumas una a una, mientras el niño grita de dolor.
Angustiado observa con temor cómo su cuerpo comienza a transformarse lentamente
en algo extraño y desconocido. El dolor recorre su cuerpo y el niño se retuerce
en el suelo, chilla. La piel se cubre de plumas negras, su espalda se arquea
mientras un par de alas emergen con fuerza y el rostro se alarga hasta formar
un afilado pico. Trata de comunicarse con la abuela, pero solo logra emitir
graznidos guturales y aterradores.
Brisa
Clara toca las lágrimas y se forma una borrasca entre las dos brisas, el mar
que rodea la isla ruge con furia y se convierte en un torbellino de espuma
blanca. Los vientos aúllan, las aves lloran en el cielo y el agua brota en
cascadas turbulentas.
Hiroto
envuelto en plumas enredadas, se aferra a la abuela y lucha por comprender su
destino. La boca del niño ahora es un pico fuerte y curvo, los ojos brillan y
miran a la abuela. Brisa Clara le susurra a la abuela. Oyuki se
arrodilla, se tiende en la tierra, mira al cielo, mira al nuevo cormorán que se
lanza sobre la abuela y hunde el pico en los ojos de ella, tiene hambre,
picotea una y otra vez, la sangre salpica el negro plumaje.
Los
padres de Hiroto escuchan los gritos, con horror ven a su hijo convertido en un
enorme cormorán. Ven a la madre tendida sobre la tierra, en silencio, quieta,
dejando que el nieto acabe con su vida. El cormorán salpicado de la sangre de
Oyuki emite un chillido que resuena en la oscuridad. La playa queda sumida en
silencio, roto solo por el aleteo del cormorán solitario que se aleja en la
noche, vuela lejos y con él la Brisa Clara.
El
mar recobra su calma, los vientos y los cormoranes se alejan. En la quietud del
atardecer la brisa marina mece los sueños de Akina y de Haruki y un cormorán
solitario posa en una rama, mirando con ojos tristes el lugar.
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