
Micaela me esperaba en la entrada de la casa, no tuve valor para hablarle, se acercó y me abrazó con tanta fuerza que sólo en ese momento pude llorar y gritar, Jesús pegado a las piernas de la abuela lloraba sin entender qué pasaba, lo alcé y le entregué el peluche, diciendo en voz baja: - Jamás te voy a abandonar-