sábado, 3 de enero de 2015

Las dos guerras


Las dos guerras

Tomás, Rafael y Antonio, se sientan en las escalinatas de la iglesia. La bruma se disipa y deja ver a los campesinos bajando de los caballos. Las mujeres organizan los canastos con huevos, queso, frutas y verduras para la venta en la plaza mayor.

No es justo luchar en una guerra que no nos corresponde, dejar a nuestras mujeres, hijos, a la familia entera.

¿Que no es justo? ¡Claro que sí Tomás! Si no paramos al enemigo, acabaremos en la ruina y más jodidos de lo que estamos.

Antonio, no estoy de acuerdo, no deseo ir a combatir. ¿A combatir con quién? ¿Con nosotros mismos? Yo voy porque mi padre me lo exige y quiere un país digno según él.

Tomás tu padre tiene razón, la guerra servirá para darle a nuestros hijos un sitio mejor.

No lo creo Rafa.

Rafael bota el cigarrillo y un chiquillo lo recoge, desaparece entre la algarabía del pueblo. Rafa lo mira alejarse, se quita la ruana, la extiende en el suelo y se recuesta sobre ella.

Te apoyo Tomás, no deseo ir a una guerra que nada bueno nos traerá, miren ese chiquillo, apenas tendrá 10 años y es huérfano, su padre estuvo con el ejército y la madre se enloqueció al saber que los rebeldes lo habían matado. No quiero eso para mis hijos y por eso apoyo la guerra, más no quiero ir. Tengo miedo. Cierra los ojos y los abre al sentir que  Antonio le toca el hombro.
─ Vamos hombre es hora de irnos.
Tomás, Antonio y Rafael descienden con lentitud, en silencio por la ladera de la colina.



La guerra de Tomás Rufino

Hay calma, hasta la vegetación está en silencio, Rafa, Antonio y yo estamos refugiados entre las raíces de un árbol y una trinchera cerca al pantano. Tenemos dos guerras, la del país y la de los animales,  nos alojamos en el fango de su reino. Entre las hojas, unos ojos nos observan, el enemigo puede atacar en cualquier momento, estamos tranquilos pero  con cada estallido, la tierra tiembla.

Me queda un trozo de lápiz con el que te escribo. El cabo Guerrero tratará de llevar las cartas, si no muere. Te extraño ¿El bebé ya dice papá? Tu foto la llevo siempre, lloro al verte, te beso, beso tu frente, tu cabello, cierro los ojos y traigo esos momentos nuestros, busco tus labios, los acaricio, los beso, te toco y gimes conmigo.

El barro come mis piernas, tiene hambre de ellas y me cuesta trabajo salir, los hoyos se llenan de los aguaceros que caen estos últimos días. No tenemos comida suficiente, las raíces del árbol nos las comimos, tomamos agua que recogemos de la lluvia y de noche salimos a cazar cualquier animal que se mueva.

La guerra avanza y se vuelve cada vez más cruel, queremos volver a casa. El cabo no ha vuelto, no sé si recibiste mi carta. Trazo la raya 365 y dibujo el segundo círculo. Un año defendiendo pueblos, combatiendo al enemigo, otro año entre el lodo y sacos podridos que sirven de parapeto a nuestro refugio, no queremos saber si ganan liberales o conservadores, estamos hastiados, el patriotismo se fue al traste, nos preguntamos si valió la pena esta lucha, ver a nuestros amigos y enemigos, regados por todas partes, escuchar los quejidos sin recibir ayuda y soportar el olor que envuelve el campo.

El capitán dejó la trinchera. El trozo de lápiz se humedeció, me cuesta escribir y me cuesta respirar, siento brisa sobre mi nuca, es caliente, trae un olor fétido. Una sombra se acerca a mi mejilla, me acecha, huele al viento, me roza, la tierra tiembla, carnívoros poderosos, uno frente al otro, quietos, con la mirada fija listos a dar el primer zarpazo. 

Es un tigre, mueve la cabeza hacia atrás y con fuerza ataca a un enorme oso de anteojos. Luchan con fuerza  y caen sobre nuestro refugio, logro salir de la trinchera y me uno a los compañeros, dispersos salimos de allí, escalamos la montaña, llueve y es difícil el ascenso, ya en la cima vemos un posible refugio, algas y musgo rodean la entrada a una cueva. Nos acercamos con recelo, escuchamos movimientos en el fondo de la oscuridad. Retrocedemos, con cautela doy la orden  de lanzarnos al suelo, listos a disparar pero mi cantimplora cae y el ruido atrae a los que están adentro.  Disparan y respondemos. La luz de la pólvora nos enceguece, hay cruce de balas, el hambre y el frío nos motivan para acabar de una vez por todas al grupo que nos ataca, vemos sombras caer, escuchamos lamentos. El fuego cesa por un momento y frente a mí veo al enemigo, tiene el mismo uniforme que llevo, quedamos quietos en medio de los caídos, nos abrazamos y la tormenta se une a nuestro llanto.

La pradera y el pantano están solitarios, el calor es intenso y llueve  mucho, algunas hierbas me dieron alergia, no soporto la comezón, no puedo más, no sé qué pasó con Antonio y con Rafa. Los osos y los jabalíes me rodean, es difícil bajar la colina, la lluvia ha mermado y el sol empieza a hacer estragos, la montaña está blanda y se desprende. Con esfuerzo llego a la trinchera, sólo hay barro y esqueletos, busco comida, algo que me ayude, hallé un pedazo de pan duro y cigarrillos, no sé cómo los encenderé. Pasan los días, aún espero órdenes, la humedad es constante, tengo escalofrío.

Mis compañeros murieron, ya no siento las piernas, me duele la cabeza, sé que estoy muriendo, Dios si existes cuida a mi hijo, que sepa que Tomás Rufino fue un héroe de guerra y lo abandoné para que tuviera un país donde vivir con tranquilidad. Te veo en mis sueños Carmen, me duele, madre espérame, ya voy a saludarte, dile a mi padre que fui desdichado en esta su guerra, maldigo al país y lo maldigo a él por obligarme a cumplir con un sagrado deber. ¡Llegaste  Carmen! ¡No te puedo alcanzar! ¿Por qué no me abrazas? El trozo de lápiz se acabó, estoy solo.

 La guerra de Rafael Poveda

No sé qué pasó con Tomás y con Antonio, nos dispersamos buscando salidas y no veo a ninguno de los otros compañeros, ni siquiera al enemigo.  ¡Llegaste Mercedes! ¡No te puedo tocar! cuida a mis hijas, va a ser difícil hacerlo sola,  todos estamos muriendo. Dile al abuelo que la guerra no fue suficiente.

Clímaco y su hijo aran la parcela,  remueven la greda y dejan listo el terreno. Cada hilera es revisada para que no queden rastrojos de las cosechas anteriores. A golpes Rogelio lanza las semillas del maíz a los surcos. Mira a unos metros donde la vereda baja.

─ Pa´mire!

─ Es un soldao mijo, parece que respira, llevémoslo a la casa que la Bertilda lo cuidará. Sabrá Dios si el pobre hombre supo que la guerra terminó hace un año.

Bertilda se esmera en cuidarlo, le recuerda al hijo mayor, muerto en la guerra. Día tras día le lleva caldos, con paciencia y una  cuchara introduce sopa de pollo, levanta la quijada de Rafa y hace que trague el alimento. Le habla sin que Rafa responda. Madruga a las labores cotidianas y después de ayudar en la siembra, se sienta a coser junto a la cama del moribundo. Toma un libro viejo, pasa hoja por hoja. ─ Me gustaría leerle pero no sé hacerlo, nunca fui a la escuela y el viejo Clímaco nunca quiso enseñarme. ─ Sabe que no le responderá, le gusta que no hable, se siente escuchada.

─ Pa´este hombre ya está muerto, lleva meses sin hablar, ni moverse, devolvámoslo pa´l monte otra vez, que sirva de comida pa´las fieras.

─ Cállese mijo, no diga eso que el santísimo lo castiga, no ve que sigue respirando. Déjelo ahí que no le estorba.

Bertilda sigue hablando con el moribundo mientras le da la sopa ─ Si algún día vusté me habla, le hago novena a la virgencita, pero no sé leer, a lo mejor nunca me hablará y tenemos que hacer lo que Rogelio quiere, lanzarlo a las fieras.

─ Ya he estado ahí, le responde Rafa tosiendo.

Bertilda grita y sale corriendo en busca del marido. Todo es confuso para el soldado.  No recuerda su nombre, no sabe si tiene familia. Ya restablecido ayuda en el campo.

─Estamos en julio y el maíz ya tiene lꞌaltura paꞌrecogerlo, vaya detrás de mí y le enseño cómo siꞌhace, señor sin nombre.
─No lo moleste mijo, deje que recupere la memoria y se pueda ir donde lo están esperando.
─ Doña Bertilda, don Clímaco, sé que molesto a su hijo, buscaré trabajo en otro lado, gracias por cuidarme.
─ No se priocupe don, que vusté es un héroe, lástima que nadies le avisó que la guerra había terminado hacía tiempo.

Bertilda llora y lamenta perder otra vez a un hijo. Le suplica a Rogelio que lo deje quedarse una temporada más, hasta el final de la recolección del maíz. Rogelio accede con la condición que le enseñe a disparar rifle.

─ Don Severo buenas las tenga, venimos por un rifle...

Don Severo se echa la bendición. Es usted igualito al difunto Rafael Poveda. Rogelio habla fuerte, opacando la frase del don. Es un pariente que vino a ayudarnos con la cosecha. Rafa está distraído leyendo periódicos y panfletos, trata de reconocer algunos rostros de soldados, divaga y las imágenes se pierden de nuevo en su mente. Rogelio lo toma del brazo con brusquedad y salen a la cantina.

─ De ahora en adelante se llamará Nepomuceno Garay y es primo mío, ¿Entendió?

Seis meses Nepomuceno obedeciendo a Rogelio. El sol de diciembre lo golpea, se limpia el sudor con el trapo sucio que lleva en la cintura, la camisa húmeda huele mal y eso le molesta, siente náuseas. Entre el maíz y las papas la sombra que lo despierta en las madrugadas se congela, es Mercedes y las niñas diciendo papá, caminan hacia él con los brazos extendidos, Rafa se tambalea y un costal le hace perder el equilibrio. Tiembla y cae. Rogelio sacude el cuerpo del soldado, lo abofetea ─ ¡Nepomuceno abra los ojos, Nepomuceno, Nepomuceno!

─ No  me llamo Nepomuceno soy Rafael Poveda, héroe de guerra.
─ Vusté está alucinando, vusté se llama Nepomuceno y es primo mío, vino paꞌayudarme con la siembra. ¡Nepomuceno! Y no es héroe de guerra, ni nada que se le parezca. ¡Nepomuceno Garay!

Rogelio limpia el sudor de Rafa, le da agua, se miran fijo.

─ Sí, soy Nepomuceno, primo suyo y vine a ayudar con la siembra.

La guerra de Antonio Vargas

El pasillo empedrado luce con los geranios y las hortensias que Elba, cuida con esmero, pasa un paño limpio en los banquillos de madera y llega al cuarto de costura, se sienta en su mecedora favorita, toma las agujas de tejer, mira de reojo a su hijo, es igualito al padre, susurra.

─ Roberto cuidado con tu hermana, no la beses tan fuerte.

─ ¿Elba, entonces la curia ya te notificó la muerte de Antonio?

─ Sí, no encontraron el cuerpo, nadie sabe de él y después de cinco años la iglesia me concedió el estado de viudez.

─ Bueno, al menos conseguiste un padre para Roberto y ahora tienes una hija hermosa, una casa, un marido… ¿Le dirás a tu hijo que Ramón no es su padre?
─ No, nunca lo sabrá.

Antonio Vargas desconoce las calles, la gente, sube por la empinada Avenida Real y se para frente al portón de madera. Cierra los ojos. ¿Qué me espera detrás de esta puerta? ¿Me abrirá ella? ¿Sabrá mi hijo que soy su padre?
─ ¿Que esta casa no es de Elba de Vargas?

─ No señor ella la vendió después de la muerte del esposo. No sé quién es vusté pero tengo prohibido hablar con extraños, váyase que me regañan.

Nadie da razón de los abuelos, ningún conocido, muchos murieron en la guerra. Sin darse cuenta tiene la catedral  frente a él. Se sienta en un banco, está oscuro, estatuas de pelo largo emergen a los lados, al fondo un altar lateral con imágenes  casi que diabólicas parecen cobrar vida, algo se mueve, el primer impulso fue buscar su rifle, Antonio Vargas  el héroe de guerra, siente terror.

─ ¿Es usted nuevo en el pueblo?

─ Sí… no… es decir llevo mucho tiempo sin entrar a una iglesia,  soy Antonio Vargas. Padre… hábleme…

─ No puede ser, llegó la certificación que usted estaba muerto.

─ No lo estoy y quiero saber de mi mujer y mi hijo.

─ Antonio, siéntese. Ha sido duro para Elba estar sola con un hijo que alimentar. La iglesia y el estado lo dieron por muerto y ella se volvió a casar. Lo siento mucho hijo, ya voy a oficiar la misa y Elba y el esposo siempre cumplen con el sagrado precepto.

Antonio se retira, sin aliento se recuesta al lado de una columna, llora, ya no hay oscuridad, el padre y sus acólitos iluminan con velas la parroquia. Escucha pasos y mira hacia la puerta principal. ¡Es ella, Señor dame valor para no salir corriendo y abrazarla! Está hermosa, Robertico se parece a ella.

La gente pasa por el lado, lo saludan, Antonio no responde, recupera las fuerzas, sale en medio de los feligreses, atraviesa la plaza y retoma el camino de vuelta a la montaña. Cruza la pradera y sube la colina con mucho esfuerzo, el pie derecho perdió movilidad, recorre un trecho en busca de un tronco que le sirva de bordón. Sube hasta la cueva donde murieron sus amigos. Llega a la cima, bota el palo y la ropa. ─  ¡Ya no necesito nada de esto! Y desnudo entra a su nueva morada.


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