miércoles, 2 de abril de 2014

EL LUNAR DE DUBIER



Quilambó no tiene historia escrita, nada permite comprobar si los abuelos son los que dicen ser, aun conociendo cada centímetro de la playa hasta el manglar. “Entrás a esa selva y salís fantasma” decía Gregorio.  Con miedo, los gemelos se acercaron buscando a su padre. Entrá vos primero – dice Dubier - ¡No, vos sos el mayor!  Cinco  minutos antes no me hace el mayor, entrá vos. No, entrá vos. Rodrigo empuja a Dubier y cae sobre  un viejo tronco podrido, donde las larvas reptan silenciosas. De un salto se levanta, agarra el brazo del hermano y  cae con él.  Quietos, con el corazón a punto de reventar, ven entre la hojarasca el rostro del padre, los gusanos le han devorado los ojos, la nariz y los labios. Rodrigo sale corriendo del manglar, llora, grita  y jura vengarse, corre tan rápido que Dubier no puede alcanzarlo. Llega a la unidad del ejército, donde está cantonado prestándole servicio a la patria. Es un soldado ejemplar, la madre da la vida por él, los vecinos, hasta los gatos. En cambio a Dubier, sólo lo quieren las putas y los granujas.



Dubier espera que le sirvan la comida, desde la ventana de la cocina ve el sol esconderse detrás del mar, el mismo sol y el mismo mar que vio hace diez años cuando encontraron a Liborio Calvo, muerto entre la hojarasca.

El calor es sofocante, no hay brisa, no se mueve una hoja, la gente en la puerta de los ranchos trata de darse un poco de fresco con abanicos de periódico. Algunos se estiran con pereza mirando a la nada, esperando que la modorra  los lleve a un sitio mejor, nadie habla. El silencio se interrumpe con un grito y un estampido de gaviotas asustadas surca el cielo.

 - ¿Quieres que me coma esta porquería? ¡Está bien me la comeré, sé que la hiciste con cariño! Pero decime madre, por qué siempre le servís lo mejor a Rodrigo.

-  ¿Otra vez Dubier?
-  Me largo al bar.
- ¡Un día de estos…!
- Un día de estos ¿qué?
- Aparecés muerto. -¿Por qué no te largás? ¡Buscate una mujer y hacés tu propia vida!

Dubier da un golpe en la mesa, se levanta, la madre se arrodilla, con el delantal limpia el rostro untado de guiso y  lágrimas. Se acerca a la ventana, observa a un grupo de soldados conversar con las muchachas, ve a Rodrigo.  Apoya el rostro en el vidrio, envuelta en un aura de recuerdos, el  cielo la  premió con dos hijos idénticos, indistinguibles, solo por el lunar de atrás de la oreja de Dubier.

Rodrigo ahuyenta los pensamientos de la mujer, su risa definitiva, la cabellera adornada con flores frescas, las prendas de algodón estampado en flores cubriéndole el cuerpo. Dubier discute, sigue discutiendo, pero un buenas noches tímido, lo hace  girar con brusquedad  y encontrarse con una mujer de escasos diez y ocho años, ojos grandes, cabello negro, lacio. Rodrigo la toma de la mano y ella atraviesa la puerta rozando el brazo del futuro cuñado.

- Madre, vas a ser abuela. Rosa se viene a vivir con nosotros.  Los tres se abrazan. 

Dubier mira distante, sale,  pasa por la cantina, sordo al estruendo de la música y a los gritos de las meseras que lo llaman. El prostíbulo lo hace sonreír, la memoria lo lleva a la adolescencia junto a mujeres a quienes amó vestido de soldado, haciéndose pasar por Rodrigo.

Rodrigo no ha vengado la muerte de Libo, busca asesinos pero nunca los encuentra. Se siente frustrado, tantos años perdidos y un juramento sin cumplir. El llanto del bebé lo desespera,  no le preocupa ni la  mujer ni el hijo. Busca un asesino. ¡Malditas botas, ayudame a sacarlas! ¿O tengo que llorar como este crio…? Sacámelas, me aprietan. Rosa se arrodilla, Dubier aprieta los puños, lo detiene la mirada fría de la madre que se ha detenido en el pasillo.

Las súplicas escuchadas por el todopoderoso hacen que los hermanos ya no discutan y por primera vez van a celebrar a la cantina. Las meseras proponen adivinar quién es el soldado y quién es el vago. Pirinola entra al bar y con insultos pide a gritos que lo atiendan. Este es el vago dicen ellas – y Deisy va a sentarse a las  piernas de Dubier.  Pirinola le propina un golpe y cae herida, Rodrigo rompe  una botella, Dubier intenta pararse, pero dos sujetos armados lo detienen. Pirinola aprieta el arma contra su frente. Deisy con el rostro ensangrentado pide ayuda, todos se retiran y los gemelos son obligados a subir a una camioneta. Toman la calle destapada que lleva a los acantilados. Barroso dispara a Rodrigo en la pierna. Dubier recibe un golpe y un disparo en la suya. Cuando llegan al acantilado los arrojan sin siquiera detenerse, sangre sobre la arena.

Pasan veintitrés semanas sin noticias de ellos. La madre se queda con las canciones de cuna perdidas entre los tiestos de la cocina, cantando  lamentos y tristezas junto a Rosa. El suelo arde, la gente se sienta en viejos taburetes de cuero a hacer la siesta,  la modorra la hace soñar despierta. Las auras vuelan en círculo. Las gaviotas giran asustadas, los perros inquietos ladran. Los pescadores recogen sus redes. En el horizonte de la playa un punto. Ellos siguen en su faena hasta que el punto se hace hombre. Y media hora más tarde, el hombre cicatrizado, apoyado en una muleta, sin camisa y con pantalones de tela camuflada, llega hasta ellos.  Es Rodrigo – dice uno -.

La madre le toca las mejillas, mete sus dedos entre el pelo, le toca las cicatrices, él viene lleno de silencio y ellas tienen miedo a preguntar. La vieja le había perdido el sentido a la vida, la vejez y la conciencia le pesan tanto como el dolor. Mientras la madre llora de alegría, los vecinos, los de aquí, los de allá, los pescadores que contaron a sus mujeres, todos corren a la casa de los gemelos, y mientras la madre sale para hablar con ellos,  Rosa y Rodrigo se besan. Se dan besos largos, todos los que dejaron de darse, sus manos se enredan en caricias como  raíces de mangle. Rosa sonríe, le besa la mejilla, el cuello y va detrás de la oreja, le besa y le besa el lunar diminuto, y le dice quedamente.

-   Rodrigo, te amo…

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