lunes, 26 de enero de 2015

Una ofrenda para el padrecito


Luis abre los ojos, bosteza y una flatulencia se esparce por el cuarto. La señora Poveda sentada en el sillón hace un gesto de desagrado y sigue mirando las estrellas a través de los árboles que tocan la ventana. La oscuridad envuelve la casa, faltan pocas horas para el amanecer pero los peones ya llevan media jornada de trabajo, ordeñan las vacas y las mujeres  pilan el maíz. Luis Poveda un hombre que se acostó peón y se levantó patrón, manipulador y sagaz tenía dos ambiciones: poseer a la hija de Antonio Reyes dueño de la hacienda donde trabajaba y ser el dueño de esa hacienda.

__ Venga.
__ No quiero, Luis
__ ¿Desde cuándo las mujeres le dicen no al marido?
__ No quiero, no me siento bien.


Poveda toma del brazo a su mujer, le rasga el camisón, babea  sobre los  senos todavía erguidos y con brusquedad la tiende. El encuentro dura poco, don Luis sólo quiere demostrar su poder, pese a que ella es la dueña de la casa y  las tierras.

Apoyado en el marco de la puerta, le pide a gritos a Ubaldina que le traiga el desayuno. La señora Poveda tiene los ojos húmedos, saca de la cómoda una bata limpia y se la pone. – Yo voy a la cocina,  vuelvo enseguida con el desayuno – don Luis no se molesta en responder.

Ubaldina saluda a la señora Poveda, se mueve con rapidez y sirve chocolate caliente, pan recién horneado y queso, vuelve con la misma rapidez a los trastos. La señora agradece el desayuno, observa a la cocinera,  no recuerda cuándo llegó a la casa, sólo sabe que un día su padre llegó con ella y dejó a la señora Reyes en un llanto inacabable que duró una noche. Sin llegar el amanecer, la señora Reyes hizo levantar a la recién llegada y  la obligó a fregar el piso hasta que sus rodillas sangraron. Así comenzó una amistad entre la niña de la casa y la fregona, se convirtieron en las mejores amigas de juegos y de confidencias, las dos heredaron del padre los ojos  color miel. En la adolescencia cada una tomó un rumbo diferente, la niña se fue al mejor colegio de la ciudad y Ubaldina se fue a vivir a una choza. De adultas apenas se saludan, las confidencias y los juegos de niñas se quemaron entre el carbón de la estufa donde Ubaldina cocina a veces, contratada por la señora Poveda.

Acompañada de libros y recuerdos la madre reúne a los niños bajo un  manzano, es el único momento de gozo, cuando la soledad no le carcome el alma. Lee para sus retoños, les cuenta historias y les muestra el horizonte. Les enseña a amar la naturaleza, a los animales y al padre, aunque ellos no sienten nada por él, ella les inculca respeto y admiración.
Nadie se lamenta de una larga descendencia cuando todos los hijos tienen buena presencia, son hermosos y bien desarrollados; más si alguno resulta enclenque o silencioso, de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado. A veces, sin embargo, será este Moscoso el que a la familia ha de colmar de agrados (Charles Perrault)

Terminada la lectura, los niños pensaron que leía para ella,  su voz apagada parece que guardara un secreto, llora, los mira, da un salto y sale corriendo.

__ ¡Vamos a la cocina, Clementina está haciendo panelitas de leche, a ver quién llega primero!

Corre delante de los chicos. La vieja  Clementina ríe al verlos llegar y arrasar con la bandeja.

__ Doña, la marrana está dando a luz,  lleva cinco crías.
__ Corre, lleva a los niños, tienen que verla.

Las crías amontonadas chillan, siete cerdos blancos y uno marrón, el cerdo marrón deja de hacerlo, la marrana lo huele, gruñe y de un mordisco arranca parte de la cola, los niños gritan y se agarran de las enaguas de Clementina, les acaricia la cabeza.

__ Está muerto, pero la naturaleza es sabía, la madre tiene que comérselo.

Después de gritos, patadas y arrebatos, logran que la señora Poveda saque de la pocilga al cerdito, lo lleva entre trapos a la cocina y Ubaldina le da respiración, brebajes y lo cura. A partir de ese día se convierte en  el compañero de juegos de los niños.

Ubaldina fuma, deja caer las cenizas sobre un papel con un nombre escrito, sopla una vela sin apagarla y reza en un lenguaje extraño, hace la señal de la cruz, con la mano izquierda toma el papel, lo quema, recoge las cenizas, en un frasco guarda un poco y en otro guarda el resto junto a hierbas secas.  Deja una porción aparte y lo mezcla con la sopa que hierve sobre el fogón.

La señora Poveda se siente cada vez más decaída, no recorre los pasillos, los niños le reclaman la lectura, los juegos y  el esposo le reclama atenciones de cama.

Llueve, la habitación de los señores Poveda huele a muerto. Luis camina por el cuarto, lleva seis días sin afeitar, se asoma a la ventana y vuelve a mirar a  la señora.

-       __Lo supe desde siempre, Luis, esperaba que los bultos no hablaran pero el viento me       llevaba tus gemidos y los gritos de Ubaldina, lo supe desde siempre.  Y escupió por última vez a Poveda.

El calor hace insoportable el camino al cementerio, el polvo se levanta con el paso de los caballos y es llevado con el viento a los rostros de los que vienen a pie detrás del féretro.

Luis Poveda va delante de la comitiva, lleva camisa y pantalón negros, la ruana terciada sobre el hombro izquierdo. El ala del sombrero tapa la mirada sombría que lleva, nadie se atreve a hablarle. Va con la cabeza gacha como su caballo. Bordean el río hasta el pueblo, el padre Alfredo los espera en el atrio de la parroquia con los monaguillos y las ancianas que lloran la pérdida de un alma tan joven que el Señor se llevó.

Poveda resopla como su caballo, Ubaldina se acerca, permanece inmóvil junto al patrón, sacude la falda y se limpia la cara con un pañuelo sucio.

__Deme algo de tomar, vengo sediento.
__¡Genaro! ¿No escuchó? Traiga rápido la chicha para el patrón, falta que le hace al pobre.

A Genaro no le importa los gritos de la madre, la melancolía está metida en el pequeño cuerpo,  la imagen de la señora Poveda en el cajón  y los niños llorando junto, hace que los zapatos le aprieten aún más.


__ ¿Señor qué va a ser ahora que la señora ha muerto?
__ Tenemos que esperar un poco más.

Ubaldina no puede esperar más, mira con recelo cómo las otras sirvientas atienden con esmero al patrón ahora que es viudo.

__ ¿Esperar, qué? Yo soy la dueña de todo, recuerde que soy hija de Antonio Reyes y la ley del campo dice que debe tomar por esposa a la hermana de la difunta.

__ No me molestes con esos cuentos Ubaldina, yo sabré en qué momento te convierto en esposa.

La hacienda no es la misma con la llegada de la nueva dueña. La vajilla inglesa se reemplaza por ollas y cuencos de barro, los pisos no relucen, los gritos retumban por todas partes, las peleas obligan a los niños a esconderse, Genaro los consuela, tiene ahora una familia, vestido dominguero y zapatos que aprietan. Los Poveda miran con recelo al nuevo hermano, que se fue desvaneciendo con las historias de fantasmas que les cuenta en las noches: la patasola, la llorona y el jinete sin cabeza. Genaro, dicen, es hijo del patrón, otros, que es hijo del padrecito cuando ella por amor al Divino Niño, servía  al párroco.

El atardecer cobija la casa de los Poveda,  los niños corren con la muerte amarrada a una cuerda. Las libélulas y los cucarrones huyen ante los tres hermanos y Genaro. Pablo, el mayor, caza un insecto, rodea el cuerpo con la cuerda y lo hace girar con tanta fuerza que el zumbido del animal se escucha en la casa, Ubaldina pide a gritos compasión por el insecto mientras corta el pescuezo de una gallina.

__ No eres nuestra madre - rezonga Pablo.
__ Es una bruja - dicen los otros.

Genaro agacha la cabeza. Sin alzar la vista levanta la mano y los invita a seguir al enemigo.

__ ¡Están detrás de la colina, vamos a acabar con ellos!

Disfrazan con sábanas al cerdo marrón y tras golpearlo con una vara salen corriendo despavoridos. Cleotilde la mujer del mayordomo los mira, hace la señal de la cruz y sale en busca del señor Poveda.

__ Patrón, el  Genaro no está bautizao y eso trae los demonios a esta casa, él sólo habla de cosas raras y eso es mal ejemplo pa los pelaos.

Poveda conversa con el párroco y obliga a Genaro a asistir a las charlas con el padre Alfredo, no le gusta la iglesia, ni las caricias que el padrecito le ofrece, sólo lo motiva la fiesta que van a dar en su honor, aunque tenga que llamarse en adelante José del Carmen.

__ Vengan chinos, hoy mataremos el mejor cerdo para honrar al padre Alfredo que viene a bautizar al Genaro.

Los hermanos se acercan a la piedra  de amolar disgustados, quieren jugar no trabajar, don Luis afila el cuchillo con rapidez.

__ Aprendan, chinos, aprendan a afilar un cuchillo.

En fila toman camino al campo. Desde la colina ven a los ayudantes amarrar al cerdo marrón, los hermanos se entristecen al escuchar a su fantasma chillar, en silencio observan a uno de los peones tomar las patas delanteras atadas,  otro agarra las traseras, don Luis  levanta el cuchillo, brilla, alcanza a cegar a Pablo, los hermanos cierran los ojos.  Padre  y peones ríen al verlos salpicados de sangre y brindan con cerveza.

Todos se van, los hermanos quedan.  Pablo toma el cuchillo y las cuerdas que dejaron.

 __ Ya no tendremos un fantasma con quien jugar.

Acongojados atraviesan el prado, llegan al río, se quitan los zapatos y caminan por la orilla, chapoteando, pisan los renacuajos y las hierbas se enredan en los dedos. Lanzan piedras y miran cómo sus siluetas se deforman con los círculos. El cielo brilla y las gotas se iluminan. Pablo sonríe, tenemos un fantasma.

__ ¿Jugamos a matar al cerdo?

Trepa al árbol donde la madre les leía y elige una rama resistente, tira la cuerda sobre ella, los hermanos toman un extremo y atan de pies y manos a Genaro. Pablo desciende y con el extremo libre de la cuerda comienzan a subir a Genaro, pasan la cuerda alrededor del tronco para inmovilizarlo. Genaro ríe, la aventura le gusta, los incita a bailar alrededor  del árbol, cómo han visto muchas veces que Ubaldina lo hace. El hermano menor  le da un golpe en la cabeza como les enseñó el peón, Pablo levanta el cuchillo, asesta una puñalada a Genaro en medio del pecho, otra bajo el cuello y una última que llega hasta los pulmones, como les enseñó el padre. La sangre brota a borbotones.
Los hermanos ríen y brindan al verse salpicados de sangre.

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