-No señor, no vi, ni escuché nada.
-¿Quiénes estaban en el edificio?
-Mi vecina doña Margot, una señora muy viejita y yo. Los demás salieron a pasar el fin de semana fuera de la ciudad.
-¿Y no escuchó nada? – me volvió a preguntar.
-No señor – nada.
Mi estómago está a punto de devolver la pizza, no sé si por la imagen
que tengo en frente o por lo que estoy diciendo. No soporto un minuto
más ver al teniente, y si sigue preguntando a lo mejor terminaré
diciendo que sí había visto y oído algo.
Subo a mi apartamento con desasosiego, boto con ira todo lo que
encuentro a mi paso, grito y me siento a llorar. Recojo las cosas y
acomodo los cojines en una esquina del sofá, esos cojines adornaban la
sala de Karol, lo único que me gustaba del apartamento, aunque nunca
estuve de acuerdo que viviera en un garaje. No tiene muebles, grandes
almohadones en el suelo adornan la pequeña sala, un mini comedor con
butacas ordinarias y una habitación de paredes oscuras, porque a mi
amiga le gusta el color negro. Una manguera con luz de neón encuadra la
alcoba, grupos de rock en afiches puestos en desorden, enmarcan la
cama sin tender con sábanas negras que huelen a mugre.

El psiquiatra me pidió escribir las pesadillas que tengo, veo la
imagen que quiero expresar pero no puedo dejarla en el papel, miro la
hoja blanca, sin poder al menos, escribir mi nombre, divago un rato
acerca de la voz que pide auxilio, en el ruido de los pasos al correr,
vuelvo a la hoja en blanco y sin darme cuenta he dibujado espirales,
rayas, clavos, gotas de sangre, flores. Cierro los ojos por un segundo
y escucho gritos pidiendo auxilio, escribo 20 de julio, el día que me
atormenta. Garabateo otra vez y sigo escribiendo:
Despierto sudando, no puedo seguir con las pesadillas, prefiero los sueños eróticos, pienso en mi amiga que no ha vuelto, ni ha llamado, desparece por días pero nunca se había demorado tanto. Un mes antes escuché unos gritos pidiendo auxilio, pensé que estaba soñando, me di la vuelta y seguí durmiendo. Volví a escucharlos, fui hacia la ventana, miré la calle, las casas del frente, no vi nada, bajé la hoja de la persiana y me disponía a volver a la cama cuando oí movimientos extraños, de nuevo levanté la persiana, vi la sombra de dos personas y sentí unos pasos que corrían con mucha prisa. Rápido fui a los cuartos, miré por todas las ventanas, busqué esos pasos, esas sombras, sólo escuché el silencio.
Intento escribir de nuevo, con pereza, me levanto a preparar una
aromática, recuerdo que no he tomado la medicina que el psiquiatra me
formuló y trago dos píldoras al tiempo.
Esa noche dormí intranquila, otra vez, me imagino que Karol me
abraza pero no es ella, es un ser oscuro con alas, me mira fijo, trata
de decir algo. Vuela por el cuarto, cae sobre mi cama, se pega contra el
espejo y se va, deja un olor nauseabundo.
El insomnio me perturba, las pesadillas, el olor que mi olfato no
soporta, la ausencia de Karol, la bulla de las vecinas, sobre todo eso,
el chillido de las voces de ellas, que hablan al tiempo, sin entenderles
ni una palabra: que la compañía de gas no encontró la fuga, que el
olor es insoportable, que si sé algo de Karol, que el miedo a una
explosión no las deja tranquilas. No me interesa escucharlas, desde
aquella noche no puedo dormir y la fuga de gas me tiene sin cuidado.
Preparo un café y me tomo tres cápsulas, llevo varios días sin
tomarlas, quiero estar consciente de la pesadilla que tuve durante el
rato que dormí. Mi libreta tiene garrapatas en vez de letras, ni yo
misma entiendo. Trataré de escribir despacio.
Karol se sentía deprimida. Sacó una botella de whisky y tomó un sorbo, se vio en el reflejo de la ventana, estaba muy delgada, eso la deprimió más, tomó el bolso y salió a encontrarse con el Zungo, compró algunas pastillas, quería sexo y lo invitó al apartamento. La reunión no resultó tan íntima como ella lo había deseado, él llegó con un amigo. Se sentaron a disfrutar las píldoras y el whisky que Karol había empezado en la tarde. Le reclamó caricias al Zungo, que furioso le dio un golpe que la lanzó al piso, lo maldijo varias veces. Se volvió loco, tomó el cuchillo de la cocina y se arrodilló junto a ella, le cortó la mejilla, sentía su respiración y cómo la sangre iba recorriendo la cara, la mano y llegaba al suelo. El amigo del Zungo la golpeó. Con esfuerzo Karol se levantó y tomó la escoba lanzándose sobre ellos. La tomaron con fuerza, le quitaron la escoba, la partieron en dos pedazos. Frenéticos, cada uno tomó una parte del palo, y se los clavaron en el muslo, en el brazo, una y otra vez, Karol percibió el gozo en ellos. Se sintió muy débil, la arrastraron por el pasillo hasta la alcoba, el último golpe fue en el pecho con el cuchillo de la cocina. Fatigados por la lucha quedaron inmóviles un rato, luego salieron apresurados y se sintieron unos pasos que corrían con mucha prisa.
Escribir me hace sentir agitada, duermo el resto de la noche, todo
el día siguiente, despierto con hambre, busco algo que se pueda comer
en la nevera, no hay nada, es muy tarde para salir a comprar, decido
pedir una pizza a domicilio. La película que estoy viendo me hace pensar
en Karol, tomo el frasco de la medicina y saco del fondo, la llave del
apartamento de ella. Sé que es sólo para emergencias y esta es una de
ellas.
Está oscuro, el corazón me salta con cada peldaño que bajo, el olor
es insoportable, las vecinas llevan días diciendo que hay una fuga de
gas. Me cuesta abrir la puerta, prendo la luz y la imagen que tengo
frente a mí, hace que mis piernas tiemblen. No soporto el olor, huellas
de manos ensangrentadas en la pared dibujan un trayecto hasta la cama,
me agacho y ahí está mi amiga, el cuerpo hinchado, con el cuchillo de la
cocina en el pecho. Me dan náuseas, tambaleo y grito pidiendo auxilio.
Nadie quiere pasar frente al apartamento de Karol, huele a miedo y
el pánico envuelve al edificio. Me tomo unos días de vacaciones y salgo
de viaje, al regresar abro la puerta del edificio y frente al
apartamento de Karol, un niño juega con un camión de madera. Hola, soy Danny y vivo aquí – señala el apartamento de Karol -.Me toma de la mano y me invita a conocer su nueva casa. Me falta el aire.
Los vecinos no quieren que los recién llegados sepan del asesinato.
Con la llegada de ellos se respira paz en el edificio y la ausencia de
Karol se empieza a olvidar. Apago el computador – ahh la medicina -. No importa, llevo dos semanas sin tomarla y no ha pasado nada, estoy tan cansada que me echo sobre la cama aún vestida. Las
pesadillas vuelven, me muevo, gimo, tengo visiones del cuarto de
Karol, de la sangre y mi mano con el cuchillo de la cocina.
Abro los ojos y escucho el llanto de un niño que grita y pide auxilio. Las paredes se mueven y se estrechan, la habitación da vueltas y me siento impotente ante la imagen que veo de nuevo.
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